En los últimos meses, hemos sido testigos de varios acontecimientos destacados en el mundo, siendo quizá, el más significativo, el asesinato político de Charlie Kirk en la Universidad de Utah, un hecho que ha provocado una oleada de celebraciones del homicidio por parte de amplios sectores izquierdistas internacionales, y como ejemplo en España, las justificaciones formuladas por una larga retahíla de tertulianos en los principales canales del país.
Hemos de ser conscientes de que Kirk no era un hombre especialmente radical en sus posturas políticas en EEUU, pues no dejaba de ser un conservador que mayormente se dedicaba a realizar eventos a las afueras de las universidades, donde instalaba una carpa y debatía con cualquier viandante que decidiese entablar una discusión rápida con él sobre cualquier cuestión política. Sin embargo, pese a su mayor o menor moderación en política, era identificado como un activista de derechas, motivo más que suficiente para los izquierdistas para ejecutarlo y celebrar abiertamente su asesinato con entusiasmo en las redes sociales o incluso en los medios de comunicación convencionales.
La respuesta de la derecha en relación a este tipo de sucesos suele ser adoptar una actitud perdedora y suicida, llamando a la inacción con vagas proclamas como es el ya tan repetido “somos mejores que ellos”. En esencia, esto equivale a idealizar la aceptación pasiva de la propia destrucción, como muestra de una supuesta superioridad moral, que tiene como resultado predecible la muerte y la derrota.
Hay un suceso antropológico que ejemplifica muy bien la inutilidad de esta mentalidad: en el siglo XIX, en Rekohu (Islas Chatham), cerca de Nueva Zelanda, habitaba una tribu polinesia conocida como los Moriori, que se caracterizaban por tener una ideología basada en el pacifismo, un código sagrado de conducta llamado “Ley de Nunuku”, promulgada por los jefes moriori Nunuku, Pakehau y Rongomaiwhenua varios siglos atrás. Sin embargo, en 1835, medio millar de guerreros maoríes de las tribus Ngati Mutunga y Ngati Tama (caracterizados por ser extremadamente belicistas y practicar el canibalismo con sus enemigos) procedentes de Taranaki (Nueva Zelanda) desembarcaron en la Isla. Aunque fueron recibidos con hospitalidad, pronto llegó otro medio millar de maoríes, esta vez armados con hachas y mosquetes, que procedieron a atacar a los lugareños, acontecimiento que daría inicio a una campaña de conquista y genocidio caníbal de la isla.
Esta situación provocó que se reuniese en Te Awapatiki un consejo urgente de la tribu, en el que se definieron dos posturas: Los jóvenes, que eran partidarios de contraatacar a los maoríes, que en ese momento aún estaban en inferioridad numérica con respecto a los moriori; y los ancianos, que determinaron que la Ley de Nunuku era un imperativo moral y que la respuesta ante los invasores debía ser ejercer la resistencia pasiva y mantener su ideal pacifista.
“Los hombres más jóvenes hablaron primero. Argumentaron que las prohibiciones sobre matar ideadas por Rongomaiwhenua, Pakehau y Nunuku estaban destinadas a evitar que una pequeña población se destruyera a sí misma en una cadena de venganzas de sangre. Tales principios no contemplaban, ni eran apropiados para una invasión total por parte de personas dispuestas a matar a gran escala. ¿Acaso los Moriori no conocían ya a los maoríes por su reputación como kaupeke —comedores de carne? No hacer nada en este caso sería suicida. ‘Se propuso realizar un asalto combinado contra los intrusos [a quienes, después de todo, superaban en número dos a uno] y, aunque muchos de los Moriori pudieran caer, ellos [en última instancia] tendrían éxito.’”.
“Los jefes de Owenga, Tapata y Torea, presentaron el caso contrario: la ley de Nunuku no era una estrategia de supervivencia que debería variarse según las circunstancias”.1
Resulta evidente adivinar cuáles fueron los resultados de esta aplastante superioridad moral moriori: la invasión y un genocidio del 90% de su población, en el que concretamente los niños y las mujeres fueron ejecutados de una forma ritual extremadamente dolorosa (para posteriormente ser devorados), además de ver profanados todos sus lugares de culto por sus enemigos, que los ultrajaban defecando y orinando en ellos como forma de humillación. Se considera que para inicios del siglo XX esta tribu había sido completamente exterminada, extinguida en su totalidad, con ningún miembro vivo, a excepción de un puñado de mestizos, descendientes de las esclavas sexuales que se encontraban entre los pocos supervivientes del genocidio.
“(…) Los Morioris fueron hechos prisioneros, las mujeres y los niños fueron atados, y muchos de estos, junto con los hombres, fueron asesinados y devorados, de modo que los cadáveres yacían esparcidos en los bosques y las llanuras. Aquellos que se salvaron de la muerte fueron pastoreados como cerdos, y asesinados incluso de año en año”.
Playa de Waitangi, uno de los emplazamientos escogidos por los maoríes para la tortura, asesinato y canibalismo ritual de mujeres y niños moriori.
“Las cabezas fueron cercenadas y arrojadas a los perros, que roían lo mejor, guardando el resto para la siguiente comida (…) después extirparon el pene, que fue arrojado a las mujeres sentadas alrededor, que lo comieron ansiosamente. Entonces se sacaron las entrañas, consumiendo su parte útil (…) El corazón, la parte más buscada de todo el cuerpo, se reservaba para el huésped principal. Se separaron los huesos y las costillas, se cortaron las manos y los pies de las articulaciones, y la carne se guardaba en cestas de lino(…)”.2
Como podemos observar, no hay ninguna virtud en ser un caballero bondadoso manteniendo la espada siempre envainada si ello implica nuestra destrucción a manos de nuestros enemigos. No existe ninguna integridad moral en aceptar la propia muerte únicamente para conservar una honra póstuma. Por muy noble y valeroso que pudiese implicar la no-violencia y el ejercicio de virtudes morales, no tiene ningún sentido si ello conduce a nuestro exterminio y pasa de ser una postura ética a un postulado suicida.
En el caso de Charlie Kirk y de otros sucesos similares, son observables ciertas similitudes con la mentalidad moriori perdedora y suicida, siendo recurrente que tras cada ataque realizado con una motivación racial o política, aparezca siempre un familiar de la víctima con el objetivo de calmar las aguas y otorgar el perdón (en muchos casos, con una retórica religiosa) a su verdugo. El ejemplo más evidente es el de la propia viuda de Kirk pocos días después del fatídico asesinato, que en un escenario, bajo la mirada de millones de personas, se apresuró a perdonar al asesino de su marido. Hay más casos recientes, como es el caso de Austin Metcalf, estudiante de 17 años victima de un homicidio a manos de un afroamericano, cuyo padre poco después intentó calmar las aguas pidiendo que no se politizase el suceso.
“I want to clarify something right off to start because I’ve already heard some rumors and gossip. This was not a race thing. This is not a political thing (…) Do not politicize this. It’s not … this is a human being thing. This person made a bad choice and affected both his family and my family forever.”
Traducido: “Quiero dejar claro algo antes de empezar, porque he escuchado algunos rumores: Esto no es una cuestión racial. Esto no es una cuestión política (…) No politicéis esto. Esto… es una situación de seres humanos. Esta persona tomó una mala decisión y ha afectado tanto a su familia como a la mía para siempre.”
Jeff Metcalf en una entrevista para America Reports.
Si recapitulamos con la cuestión moriori, concretamente con el consejo en Te Awapatiki, podemos entrelazar puntos claros que suelen dejar entrever que esta actitud es más característica en las mujeres y ancianos, y no sorprende que este pensamiento esté tan incrustado en un mundo tan envejecido y feminizado, sin ser la derecha una excepción en esto último, pues es más cómoda la autocomplacencia e inacción, y más aún si para esto último se recurre a la justificación religiosa.
Es preciso recalcar que las Leyes de Nunuku, a pesar de ser promulgadas por jefes tribales siglos atrás, tenían una consideración sagrada en esta sociedad tribal, una configuración religiosa que se convirtió en uno de los argumentos de peso esgrimidos por los ancianos moriori, vaticinando castigos celestiales a aquellos que incumpliesen estas normas divinas, priorizando la pureza del alma por encima de todo. Esta forma de actuar no es anómala en círculos conservadores, donde es común por parte de ciertos sectores las tendencias de profetizar condenas infernales hacia aquellos que adoptan posturas absolutas e intransigentes sobre los problemas apremiantes que afectan a nuestra supervivencia, como es la cuestión racial.
“Nuevamente, los hombres más jóvenes defendieron matar, esta vez con más vehemencia, porque los maoríes se habían percatado de la naturaleza de las deliberaciones moriori. Pero de nuevo, Torea y Tapata argumentaron que ese no era el ethos de los moriori (…) Finalmente, porque aquel era el deseo de todos los ancianos presentes, prevaleció la decisión de Torea. No habría asesinatos por parte de los Moriori. Regresarían a sus aldeas ofrecerían a los maoríes paz y amistad, y una oportunidad de compartir los recursos de Rekohu, sin rencor ni resentimiento (…) Si su oferta no era aceptada, aceptarían las consecuencias que siguiesen. Lo que importaba por encima de todo, enfatizó Torea, era que no comprometieran su alma.”3
Si consideramos que somos nosotros los buenos y los virtuosos, nuestra única fijación debe ser el ganar como prioridad suprema, e interiorizar que el fin justifica los medios, por extremos que puedan ser, principalmente porque nuestros adversarios sí lo tienen claro y no habrá discurso, debate, ejercicio de lógica o conversación que les haga cambiar de idea, porque en el fondo les da igual no tener razón mientras los destruidos seamos nosotros. Y lejos de asustarnos por esto, lo que debemos es ser recíprocos y pensar en absolutos como hacen ellos. Nos encontramos en una stasis, un conflicto cuyo desenlace sólo puede ser la victoria absoluta o la destrucción.
Vencer es más importante que convencer. Si bien se puede vencer sin convencer, jamás se convence sin haber vencido, y en base a esto hay que tener la escala de prioridades bien clara y definida.
“Los pactos sin la espada no son más que palabras.” Leviatán, Thomas Hobbes.
“No citeis leyes a hombres que empuñan espadas.” Cneo Pompeyo Magno - Vidas Paralelas, Plutarco.
Por ello, a los que aún piensen que “debemos ser mejores que ellos” os digo que “convenceréis, pero no venceréis” y que, mientras sigáis empeñados en esta postura, os encontrareis igual que los ancianos moriori, condenándoos a vosotros y a vuestros descendientes al sometimiento y la destrucción a manos de vuestros enemigos, en virtud de un martirio inútil.
Si debemos ensuciar nuestra alma y renunciar a la moral por una causa justa, como es salvar a nuestro pueblo, será un precio que debemos estar dispuestos a pagar, ya que no debería existir ninguna amenaza de castigo infernal capaz de hacernos perder la determinación por nuestra propia supervivencia, nuestra y de nuestra gente.
“Un invierno, un labrador encontró una serpiente aterida de frío. Compadecido de ella, la cogió y se la puso en el pecho. Aquélla, reanimada por el calor y habiendo recobrado su propia naturaleza, mordió a su bienhechor y lo mató. Y él, a punto de morir dijo: «Es justo lo que me pasa, por haberme compadecido de un malvado».”
“Las naturalezas malvadas no cambian, aunque se las trate con la mayor humanidad posible.”4
Nuestra naturaleza, buena o malvada, está templada por nosotros mismos, nuestras sociedades y nuestra conducta. ¿Para qué arriesgarse a traer naturalezas foráneas? Sean buenas o malas, por ser distintas a las nuestras, desbalanceamos el equilibrio que se ha logrado en nuestras sociedades a través de “error y práctica”, sacrificios derrochados por la idea de que, ayudando a otros a venir a nosotros, oscilaremos la balanza hacia el lado bueno (por buenas acciones, reales o imaginarias), y ocurre justo lo contrario.
Podemos ejemplificarlo con los atentados de París de noviembre 2015, acaecidos hace exactamente diez años, actos de terrorismo perpetrados por extranjeros en varios puntos de la “Ciudad de la Luz”, siendo la mayor masacre de aquella noche la ejecutada en la sala de conciertos Bataclán, donde es conocido a raíz de testimonios que hubo humillaciones, torturas y mutilaciones a los rehenes en el segundo piso de la sala de conciertos, actos que se ocultaron deliberadamente de cara al público. Estos hechos registrados en el informe de investigación del atentado no vieron la luz hasta un año después.
“Ainsi, le père de l’une des victimes m’a adressé la copie d’une lettre qu’il a transmise au juge d’instruction, que je cite en résumant : « Sur les causes de la mort de mon fils A., à l’institut médico-légal de Paris, on m’a dit, et ce avec des réserves compte tenu du choc que cela représentait pour moi à cet instant-là, qu’on lui avait coupé les testicules, qu’on les lui avait mis dans la bouche, et qu’il avait été éventré. Lorsque je l’ai vu derrière une vitre, allongé sur une table, un linceul blanc le recouvrant jusqu’au cou, une psychologue m’accompagnait. Cette dernière m’a dit : ‟La seule partie montrable de votre fils est son profil gauche.” J’ai constaté qu’il n’avait plus d’œil droit. J’en ai fait la remarque ; il m’a été répondu qu’ils lui avaient crevé l’œil et enfoncé la face droite de son visage, d’où des hématomes très importants que nous avons pu tous constater lors de sa mise en bière. » Ce témoignage précis pourrait corroborer les propos que nous a tenus l’un des fonctionnaires de la BAC, selon lequel l’un des enquêteurs a vomi immédiatement en sortant du Bataclan après avoir constaté une décapitation et des éviscérations.”5
Traducción: “En efecto, la comisión está perturbada por estas informaciones que no se han filtrado en ningún sitio. Así, el padre de unas de las víctimas me ha hecho llegar la copia de una carta que ha transmitido al juez de instrucción, y que voy a citar: “Sobre las causas de la muerte de mi hijo A., en el Instituto Médico Legal de París me dijeron, y esto teniendo en cuenta el shock que esto representaba para mí en ese instante, que le habían cortado los testículos, que se los habían metido en la boca y que fue destripado. Cuando le vi detrás de un cristal, tumbado encima de una mesa, con un sudario blanco que le cubría hasta el cuello, una psicóloga me acompañaba. Esta última me dijo: “La única parte que se puede enseñar de su hijo es su perfil izquierdo. Constaté entonces que no tenía su ojo derecho. Hice alusión a ello; se me respondió [en el Instituto Médico Legal] que le habían sacado el ojo y estampado la parte derecha de su cara, de ahí los hematomas muy importantes que todos pudimos constatar en el momento de introducirle en el ataúd”. Este testimonio preciso podría corroborar las declaraciones de uno de los funcionarios de la BAC (Brigada Anti Criminal), según las cuales uno de los investigadores vomitó inmediatamente al salir del Bataclan, después de constatar una decapitación y varios destripamientos.”
“Des corps n’ont pas été présentés aux familles parce qu’il y a eu des gens décapités, des gens égorgés, des gens qui ont été éviscérés. Il y a des femmes qui ont pris des coups de couteau au niveau des appareils génitaux.”6
Traducción: “Hay cuerpos que no fueron presentados a sus familias porque hubo gente decapitada, personas degolladas y gente a la que le sacaron las vísceras. Hay mujeres que recibieron puñaladas a la altura del aparato genital.”
Es lícito, a tenor de los testimonios citados, considerar que todos estos jóvenes europeos fueron objeto de sacrificio por parte de nuestra sociedad, con el objetivo de no violar sus preceptos sagrados, que en este caso son “ser buena gente”, “no ser como ellos” y toda una serie de mantras repetidos incesantemente, que suelen coincidir con la reticencia de mancharse las manos y el miedo de adoptar posturas incómodas que amenacen el status quo social e ideológico.
Una forma de actuar muy similar a la de los polinesios pacifistas, que también consideraron, con efectos devastadores, que su ley sagrada era más importante que la propia supervivencia, a pesar de que esto incurriese en su propio exterminio, más aún si se recurre al autoengaño de considerar aceptable la destrucción a cambio de una recompensa divina, una moral empachada o una palmadita en la espalda por parte de alguna institución, sea gubernamental o eclesial, que de seguro que ninguno de sus miembros ha sufrido, ni sufrirá, lo que sufre la sociedad con sus acciones.
Nadie nos va a regalar nuestro futuro, y tampoco caerá del cielo. Si no lo hacemos nosotros, no lo hará nadie.
Ha terminado la era de los caballeros, comienza la de los dragones.
RAPPORT FAIT AU NOM DE LA COMMISSION D’ENQUÊTE relative aux moyens mis en œuvre par l’État pour lutter contre le terrorisme depuis le 7 janvier 2015. TOME 2: COMPTES RENDUS DES AUDITIONS. Páginas 440-441.
RAPPORT FAIT AU NOM DE LA COMMISSION D’ENQUÊTE relative aux moyens mis en œuvre par l’État pour lutter contre le terrorisme depuis le 7 janvier 2015. TOME 2: COMPTES RENDUS DES AUDITIONS. Páginas 362-367.
Si ganas vives, si pierdes mueres, si no luchas no puedes ganar